Cuando nos enfrentamos a las imágenes de Erick Obando, literalmente a las imágenes que el produce y que además son imágenes de sí mismo, tenemos en frente tanto una obra íntima como algo que la trasciende y nos relaciona con ella: intima pues nos habla desde una auto-conciencia que, en cuanto tal, atraviesa en el tiempo muchas formas, memorias y deseos que van definiendo y evidenciando distintos modos de ser y estar. Este ser y estar que nos plantea Obando al igual que la mítica Quimera expone una noción que es híbrida o múltiple, escindida y a la vez compuesta por distintos rasgos que simulan desdoblarse o revelarse a través de las imágenes o representaciones de sí mismo. “Quimera” de Erick Obando pareciera buscar entonces cómo  capturar en un instante, a través de distintas imágenes, la multiplicidad del sí mismo, en donde también podemos relacionarnos.
Las quimeras nos platican del mundo del deseo, son aquellos sueños e ilusiones inalcanzables productos de la imaginación, pero también señalan un doble componente: una quimera es a la vez un “animal fabuloso” como indica su etimología, pero también es un “monstruo” que aterroriza y devora todo a su paso como nos narra el mito. La pulsión del ser y estar, del deseo y la auto-conciencia están entonces atravesadas por algo que nos maravilla y a la vez nos asusta.
La presencia del cuerpo en la obra de Obando nos habla no solo de los distintos modos de autopercepción a los que cualquiera puede enfrentarse, sino que ese juego de relaciones internas de autoconocimiento implican unas características que se replican de igual manera en el conocimiento del otro o lo otro, ese encuentro fallido de dos devenires que como el río de Heráclito siempre están en constante cambio, constituyendo dos abismos que se proyectan entre ellos simultáneamente, un precipicio saltando en otro precipicio.
Conocer y conocerse son senderos que eclosionan y se bifurcan como la mirada en las imágenes del artista; la conciencia de sí, así como la conciencia de lo otro, se asemeja a ese cuerpo que se contorsiona y se multiplica, de-formándose, persuadiéndonos de otras formas de percepción y pensamiento, que surgen tanto del extrañamiento de sí mismos, como de la rareza de lo otro y los otros. 
Comentario de Tino López
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Pensar en el espacio íntimo es pensar también en el tiempo, en los tiempos o eternidades que pasamos ahí pasmados entendiendo el mundo con el poder de la mente. Recuerdos, ideas obsesivas que caminan en círculos por horas, proyecciones al futuro. Entonces, mientras la mente navega por el espacio íntimo ¿Cómo habita el cuerpo ese espacio? ¿Cómo habita el cuerpo ese tiempo? Nos detenemos por eternidades que se sobreponen sobre si mismas mientras las pieles se envejecen y todo se deforma… habitar-nos a nosotros mismos nos deforma. Erick Obando.
Observo a las personas alrededor de mi habitar de esa manera, nadado en la mente y con el cuerpo en silencio rondando los espacios que les pertenecen, les nacen cabezas y brazos cuando se contorsionan en el mismo espacio por largos periodos de tiempo, encerradas en sí mismas se desbordan y parecen congelarse siempre atadas en rutina física al espacio que habitan. Erick Obando.

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